Carlos Cabrera Pérez
Donald Trump y Marco Rubio han cogido a Cuba para sus cosas y, lo que queda de nación, yace anonadada por sus pa’lante y pa’trás, por el silencio inexplicable de opositores, activistas-becarios, prensa y neocomunicadores a la búsqueda de subvenciones y monetización, y por la palucha de tres tristes tigres de La Habana; en medio de la soledad corajuda de 146 expresos políticos que fueron la excepción ante tanta cobardía y mediocridad.
Nunca antes Cuba estuvo más huérfana. El gesto de Ángel de Fana y sus compañeros de martirio es un ejemplo de coherencia y valentía, mientras el pelotón anticastro grant-chasers desempeña el papel de foca amaestrada por la Casa Blanca; aunque los más avispados ya estarán tendiendo puentes con los demócratas por si ganan las elecciones de medio mandato y luego la Casa Blanca, para que no les falte el pan de gloria. Trabajar es muy duro.
Los faroleros del neoperiodismo, meros hack media types looking to monetize, también han hecho voto de silencio para no perder seguidores, con el pretexto totalitario de no debilitar la causa. ¿Qué causa?
Toda esta desgracia ocurre por la indiferencia de la oligarquía financiera de Miami y otros puertos de la plural geografía cubana ante la patria. El M-26-7 y el PSP tuvieron finanzas de lujo. Pero quienes pudieran financiar un proyecto político democrático e independiente siguen apostando porque caiga la fruta madura sin arriesgar un dólar.
El compañero Trump ha anunciado el Armagedón anticastrista hasta ocho veces, entre la primavera y este otoño. El 5 de marzo, durante un acto en la Casa Blanca con el equipo de fútbol Inter Miami, dijo que primero quería terminar con Irán y que luego sería cuestión de tiempo que muchos cubanos pudieran regresar a Cuba. El 23 de octubre, en un mitin electoral en Fort Myers, Florida, volvió a anunciar que Estados Unidos se ocuparía de Cuba al regresar de Irán y que Marco Rubio viajaría a la isla para cerrar el acuerdo.
El secretario de Estado más cubiche lanzó una campaña de chivatería, convidando a cubanos a colaborar "discretamente" con la CIA, es decir, él pone la ocurrencia y los potenciales agentes el pellejo. Menudo negocio.
El presidente y su secretario de Estado —como en el caso de Venezuela— han sido absurda e innecesariamente irrespetuosos con las víctimas de la dictadura más cañenga de Occidente, que ha dado rienda suelta a su ansiedad de gallina clueca, aparentando que están crecidos ante su enemigo más rentable.
La ocurrencia puede parecer audaz, pero no es novedosa y menos en Cuba, donde en marzo de 1960, el presidente Dwight Eisenhower autorizó un programa encubierto de la CIA contra Fidel Castro. El plan contemplaba organizar a los exiliados, desarrollar una campaña de propaganda, crear una red clandestina de inteligencia dentro de Cuba y preparar una fuerza paramilitar que pudiera entrar en la isla y apoyar una insurrección.
El descontento social, que ahora es mayúsculo, la existencia de opositores y la disposición de algunas personas a colaborar con Estados Unidos no garantizan que exista una fuerza interna capaz de producir un cambio de poder.
De hecho, el balance de Washington incluye tres fracasos: Bahía de Cochinos (1961), la Operación Mangosta (1961-1962) y el apoyo a la lucha del Escambray (1959-1966).
Irak es otro ejemplo a tener en cuenta, especialmente cuando los servicios de inteligencia consiguen informantes, pero no verifican adecuadamente esos informes, por los que ya se ha pagado una notable cantidad de dólares estadounidenses en mano.
"Curveball" colaboró con los yumas haciendo honor a su seudónimo y contribuyendo a sostener la evaluación en Langley de que Irak disponía de instalaciones móviles para producir armas biológicas. Pero la CIA concluyó, ya tarde, que la fuente se había inventado sus relatos y contaminado las conclusiones que llegaron al Despacho Oval.
Imaginen lo que puede ocurrir con cubanos que no paran de inventar, incluida la devaluada contrainteligencia, que tendría fácil armar uno, dos, tres, muchos muñequitos. Regla de oro: reclutar a una persona no garantiza que sea fiable, que tenga acceso a datos y decisiones relevantes ni que sea capaz de evaluarlos acertadamente.
Muchos cubanos tienen motivos legítimos para promover un cambio político, pero no todos tienen acceso real al centro decisorio del tardocastrismo ni el valor para jugarse el pellejo en una aventura que puede convertirlos en héroes o fusilados.
En la antigua Alemania Oriental, la CIA y el británico MI6 construyeron el llamado túnel de Berlín para interceptar comunicaciones soviéticas. La operación proporcionó acceso a datos militares y de inteligencia. Pero el final del régimen de Alemania Oriental llegó décadas después, cuando Gorby dejó de sostenerlo y los alemanes orientales derribaron el Muro de Berlín.
En Cuba, una red clandestina podría ser útil para conocer lo que ocurre dentro del Estado, pero eso no significa que pueda provocar una insurrección ni controlar su desenlace. El Mariel (1980), los balseros (1994) y el 11J (2021) no fueron inspirados por la CIA, sino por el hartazgo popular con la felicidad verde oliva.
Afganistán es una lección importante porque allí la CIA y otros servicios de espionaje occidentales apoyaron a actores locales que compartían con Washington un enemigo común, la URSS, pero no sus objetivos políticos.
Tras la intervención soviética de diciembre de 1979, Langley suministró armamento y recursos, canalizados principalmente a través de los servicios de inteligencia pakistaníes, con financiación y colaboración de otros países. Reagan impulsó la colaboración al máximo.
La resistencia afgana contribuyó a hacer cada vez más costosa la ocupación soviética, que terminó con la retirada de las tropas en febrero de 1989. Pero el resultado estratégico tuvo dos caras.
Por un lado, Washington consiguió debilitar militarmente a la Unión Soviética en un conflicto que contribuyó a agravar su crisis interna. Por el otro, Afganistán no se convirtió en un Estado sólido y alineado con las expectativas estadounidenses. La retirada soviética fue seguida por nuevas fases de guerra civil y por la expansión de movimientos armados con agendas propias, incluida Al Qaeda.
En la oposición cubana abunda el rosado, la verdolaga y el woke; obsesionados con contribuir al embullo de un Obama II, para instalarse en el poder, desarrollar una agenda socialista, arcoíris, melonera (verde por fuera, roja por dentro), y marchar por plazas y avenidas con el puño en alto porque el wokismo pretende corregir todas las injusticias del mundo, empezando por cambiar las palabras, siguiendo por censurar las opiniones y terminando por decidir quién tiene derecho a ofenderse. «Si los hechos contradicen mi sensibilidad, peor para ellos» es su lema pioneril.
Un servicio de inteligencia puede ayudar a personas u organizaciones a debilitar a un adversario sin poder decidir qué fuerzas ocuparán después el espacio político, qué intereses defenderán ni qué tipo de Gobierno construirán. Eso incluye a los potenciales reclutados bajo los Marco’s deals, entre los que no faltarán, a juicio de este autor, activos del viejo zorro GRU, con dilatada trayectoria de colaboración táctica con Estados Unidos, desde mucho antes del triunfo de la revolución.
Desgraciadamente, la mediocridad y el oportunismo son compartidos por ambas orillas. Díaz-Canel, Bruno Rodríguez y Carlos Fernández de Cossío han visto un filón en las declaraciones de Trump y Rubio y enseguida cogieron la raqueta de «¡Pin pon fuera, abajo la gusanera!»
Limonardo se puso lírico: "El Gobierno de EE. UU. deja claro que no renuncia a sus ambiciones de dominación sobre Cuba". A ver, criaturita, ¿qué necesidad tiene Washington de apoderarse de una finquita arruinada y que depende de Miami hasta para cocinar y alumbrarse?
A lo que no renuncia el presidente de Estados Unidos es a limpiar la guardarraya de tus amigos de la dinamita, la cocaína bolivariana, la Aurika de 70 dólares y el trasiego de emigrantes ilegales.
Bruno reaccionó montando los muertos de Ñico Cuevita (Núñez Jiménez) y López-Callejas: "Rechazamos toda amenaza sobre ambiciones de EEUU hacia Cuba. En nuestras costas hay bellas playas, pero también diente de perro, inhóspito para quienes llegan con fines hostiles y ansias de dominación". ¿Eso es riña o romance? Les grita a los yumas: «¡No te atrevas!… Que te espero allí donde tú sabes».
El vicecanciller Fernández de Cossío debe extrañar la Colgate que compraba en el grocery de Nueva York, y soltó: "Ahora EE.UU. se apea con reclutamientos públicos de la CIA. Debe haber mucho desespero o pobreza en las filas de la agencia cuando tiene que vender sus ofrecimientos como pasta de dientes".
Insuperable muestra castrista de «¡Hipocresía!», como dirían Los Pasteles Verdes: ver supuestas debilidades en el adversario mientras se lleva años clavado frente a un espejo más mentiroso que el de la madrastra de Blancanieves.
¡Cuánta lírica de bicicleta ponchá y cuánto forrajeo de dólares por parte de esos tres tristes tigres habaneros! Más que declaraciones políticas, parecen reclamos de jeva despechada, haciéndose la larga ante el macho que le mueve el piso. Tanta pose da para guaracha sabrosona.
Pobre Cuba: no merece tanta cobardía ni desprecio, pero los pueblos padecen cuando no son capaces de cambiar las reglas de juego y las nomenklaturas —aparentemente enfrentadas— están tallando sendos salves en vísperas del Armagedón que no llega, inspiradas en el ejemplo de Venezuela, adonde acaba de entrar María Corina Machado; musa de parte de la oposición, mientras Lula ha ganado, por cuarta vez, en un Brasil partido en dos políticamente, pero que le vale al tardocastrismo para día y medio de perreta.
Ilustración satírica aportada para esta publicación. No documenta una escena real.


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