Carlos Cabrera Pérez
Los pueblos noveleros suelen reaccionar emocionalmente ante acontecimientos como la inesperada y prematura desaparición del comandante Camilo Cienfuegos Gorriarán. En este caso, con el agravante de un duelo que nunca ha podido cerrarse porque no hay cadáver, y de una superstición, a derecha e izquierda, que perdura 67 años después de su vuelo al más allá.
Primero fue la conmoción; luego, la tristeza; después, la procesión pagana de echar flores al mar. Durante décadas han circulado versiones enfrentadas: las que acusan a Castro de haberle tendido una emboscada y ordenado su asesinato por supuestas desavenencias, y la oficial, que apela a la lealtad del héroe de Yaguajay, resumida en una frase que se le atribuye: «Contra Fidel, ni en la pelota».
Camilo era un cubano auténtico, pero su biografía ofrece pocas pistas para asegurar que no habría terminado convertido en un burócrata del comunismo de compadres, como ocurrió con tantos compañeros de armas, después de que el comandante en jefe matara la revolución plural que lo llevó al poder con el apoyo mayoritario, entusiasta y suicida de los cubanos.
El futuro héroe, nacido en Lawton en 1932, sufrió carencias desde la infancia. Tuvo que abandonar sus estudios en la Academia San Alejandro por dificultades económicas, trabajó como aprendiz de sastre en una tienda habanera y participó en protestas populares antes de incorporarse a la expedición del Granma.
El carismático Camilo procedía de una familia de ideas anarquistas y comunistas. Alrededor de su vida se acumularon también anécdotas sobre aventuras con bailarinas de Tropicana y una habilidad singular: voltear, sin plato, una tortilla de hasta cuarenta huevos. Son relatos del hombre de carne y hueso, aunque no todos cuentan con el mismo respaldo documental.
Según una de esas historias, su maestro en el arte de darle la vuelta a las tortillas fue quien después sería conocido como el coronel retirado Aldo, del MININT. Trabajaba como cocinero en el Pekín, situado entre la esquina de 23 y 12 y el Jalisco Park, y allí habría entablado relación con Camilo, que tenía una jeva en uno de los apartamentos de los altos del restaurante chino.
Cienfuegos no participó en el asalto al Moncada: había viajado a Estados Unidos el 5 de abril de 1953, antes de aquella acción y de la posterior creación del Movimiento 26 de Julio. En la Yuma desempeñó trabajos de subsistencia, hasta que fue detenido por las autoridades migratorias y deportado.
Su amigo Rafael Sierra compartió parte de aquella experiencia. Para resolver la papeleta migratoria, ambos se casaron en La Habana con ciudadanas estadounidenses de origen salvadoreño y regresaron a Estados Unidos como residentes.
Camilo había conocido a Isabel Blandón, una mujer dieciséis años mayor que él y con un hijo de un matrimonio anterior. Ella viajó a La Habana para casarse con su novio cubano, un vínculo que también le permitía a él obtener la residencia legal estadounidense.
Después de la boda, Camilo volvió a la Yuma, aunque por poco tiempo. Ya conocía los preparativos de Castro en México. Sierra acudió a despedirlo al aeropuerto de Los Ángeles, desde donde emprendió el viaje que lo llevaría hacia la historia, con escalas en la casa de María Antonia, la Sierra Maestra, la invasión y el Ejército Rebelde en el poder.
Otra anécdota recoge las bromas de Camilo con Ernesto Guevara sobre el aspecto físico de Hilda Gadea. Cuando el Che supo que la esposa de Cienfuegos llegaba a La Habana, habría acudido al aeropuerto de Rancho Boyeros para conocerla y devolverle las pullas a su compañero. Desde entonces, cuenta el relato, se invirtieron los papeles y la frase «Atención, Columna Dos, Columna Dos: Camilo, aquí está el Che» adquirió una dimensión jodedora.
El investigador Néstor Castillo ha documentado la vida de Cienfuegos en San Francisco, incluida una fotografía de su matrimonio en La Habana. También ha advertido que no pudo determinar si se casó por amor o por el beneficio migratorio del vínculo.
William Gálvez contó que Cienfuegos y Sierra contrajeron matrimonio con Isabel Blandón y Gilda Torres, respectivamente, el 1 de septiembre de 1955, en el edificio Bacardí. Ambas mujeres regresaron a Estados Unidos dos días después. Según Gálvez, los novios vistieron guayaberas y, tras las bodas, las parejas fueron al Malecón a hacerse fotografías. Blandón mantuvo el nombre de Isabel Cienfuegos hasta su muerte y no volvió a casarse.
El 28 de octubre de 1959, Camilo salió del aeropuerto de Camagüey rumbo a La Habana a bordo de un Cessna 310 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Lo acompañaban el piloto, primer teniente Luciano Fariñas Rodríguez, y el soldado Félix Rodríguez, en calidad de escolta.
El parte difundido por el Ejército Rebelde situó el despegue a las 18:01. El avión nunca llegó a La Habana y no se recuperaron restos de la aeronave ni de sus ocupantes. Las autoridades organizaron una búsqueda aérea, marítima y terrestre que se prolongó durante dos semanas y contó con colaboración estadounidense, un detalle poco divulgado en el relato oficial.
El 12 de noviembre, Fidel Castro comunicó oficialmente la desaparición y dio por probable la muerte de Cienfuegos en el mar. La atribuyó a un accidente relacionado con las condiciones meteorológicas, pero la ausencia de restos humanos y de la aeronave impidió comprobar aquella explicación.
La desaparición alimentó también la hipótesis de un asesinato político. Sus defensores apuntan a Fidel y Raúl Castro y les atribuyen celos por la popularidad de Cienfuegos. El caso de Huber Matos y las tensiones del primer año revolucionario aportaron el contexto para esas sospechas, cuando la creciente influencia comunista en las estructuras armadas y represivas comenzaba a provocar fracturas.
Quien pretenda analizar lo ocurrido debe tener en cuenta, sin embargo, tanto la posibilidad de un accidente como la falta de pruebas concluyentes que sostengan la tesis del asesinato político. Las tormentas que suelen formarse en el centro de Cuba pudieron obligar a Fariñas a modificar su ruta, pero tampoco esa posibilidad permite reconstruir con certeza el destino del vuelo. Camilo voló como Matías Pérez y dejó tras de sí un vacío que las conjeturas no han conseguido llenar.
Un documento desclasificado por Estados Unidos recoge que Ernesto Guevara consideraba accidental la muerte de Camilo. El Che no aportó pruebas periciales: expresó una opinión, como tantas otras sobre uno de los hechos más dramáticos del castrismo recién llegado al poder. La documentación pública disponible no permite establecer de manera concluyente qué ocurrió con el avión.
Desde entonces, Camilo Cienfuegos pasó a ocupar un lugar central en la iconografía oficial cubana. Su sombrero alón, su sonrisa y su figura de guerrillero popular se convirtieron en elementos reconocibles de la propaganda y de la educación política castrista. Su nombre llegó a escuelas militares e instituciones públicas; quizá los camilitos sean la expresión más visible de ese simbolismo.
Pero la versión oficial y las manipulaciones interesadas no eliminan la necesidad histórica de estudiar al Camilo de carne y hueso: un joven de origen modesto que se convirtió en audaz comandante guerrillero e ídolo de masas.
Frente a la canonización política de Fidel y Raúl Castro como santones inmaculados, intocables e inmunes a cualquier cuestionamiento, muchos cubanos han reaccionado con el choteo. Como aquel jodedor y anónimo bodeguero del barrio habanero del Sevillano que juraba: «Camilo no está muerto na… y tiene una zapatería en Miami».
Fotografía de archivo aportada para esta publicación. Autoría no identificada.


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