Cuba soviética: las purgas del soviet caribeño

Portada de Cuba soviética. Las purgas del soviet caribeño, de César Reynel Aguilera

Carlos Cabrera Pérez

Un barbero de El Sevillano atesoraba en su establecimiento un libro gordo con mucha muela y abundantes fotos que era un compendio del primer congreso del ya gobernante partido comunista único, incluidas las fotos de los miembros del Buró Político, del Secretariado y del Comité Central.

Arsenio Tres Minutos, así lo llamaban por su velocidad con las tijeras y el peine, había marcado levemente la foto de Fidel Castro con una letra G y la de Fabio Grobart con las iniciales PC, que tradujo como Principal culpable. Una tarde, se formó una timba improvisada de apuestas clandestinas sobre un juego de pelota entre los equipos de La Habana y Las Villas, que el barbero ganó sobradamente, apostando al conjunto visitante.

Parte de su ganancia la empleó en improvisar un motivito en la propia barbería, en el que corrieron el ron y las croquetas, mientras los apostadores empezaron a hablar de la cosa, hasta que enmudecieron con un gesto de Arsenio, que esgrimió el libro y, abriéndolo por la parte de las fotografías, soltó: «¡Este tipo es un gánster!», señalando con uno de sus dedos a Fidel Castro. Pasó unas hojas, manoteó la jeta de Fabio Grobart y sentenció: «Este viejito es el culpable de la cosa esta de pinga y Pomorín».

Y la lectura de "Cuba soviética. Las purgas del soviet caribeño" me ha hecho viajar a aquella barbería de barrio y a la escena que recordaba como un niño asombrado ante la irreverencia del fígaro más popular de la comarca.

César Reynel Aguilera, médico cubano afincado en Canadá, que dedica parte de su tiempo de descanso a la indagación de cómo llegó la noche, ha vuelto a desnudar el papel del entonces Partido Socialista Popular (PSP) y su aparato de inteligencia en la desgracia de Cuba.

Ya no se trata de aquel volumen estremecedor de El soviet caribeño, una memoria freudiana de un niño necesitado de matar a sus padres, sino de la mirada madura de un hombre que salva vidas y, por si fuera poco, apuesta por salvar la historia trágica de Cuba, como legado insoslayable de presente y futuro.

Quien busque una condena feroz del comunismo no hallará consuelo en las 437 páginas del volumen que es una operación a corazón abierto del siglo XX cubano, saturado de omisiones interesadas y de asombrosa complicidad de ciudades letradas como la estadounidense y la europea, a las que las víctimas del comunismo estimaban cartesianas, rigurosas y con la ventaja de vivir en democracias, y que abrazaron delirantemente la gran estafa verde oliva y roja.

«Sí, leemos a Lenin y quien no lea a Lenin es un ignorante», proclamó Fidel Castro en el juicio del Moncada, pero nadie escuchaba y el plan dirigido por Fabio Grobart, desde los años veinte de la malograda república, no solo triunfó con una eficaz combinación de burocracia y matraqueo, sino con el apoyo entusiasta y suicida de la masa ansiosa de porvenir.

«Patria es humanidad», sentencia martiana que muchos cubanos han repetido en estos 67 años de ñámpiti gorrión, pero apenas la aplicaron porque la pluralidad previa a enero de 1959, aprovechada convenientemente por el aparato bolchevique instalado en Cuba, fue suplantada por un monólogo totalitario que aún amarga a muchos cubanos.

El narrador es un hombre que burló la maldición de los criptos por todos lados pero, en un acto profundamente antinovísimo, elude la tentación tan cubana de colgarse medallas y erigirse en protagonista, reconociendo el papel crucial desempeñado por el exilio histórico en la conservación de una memoria imprescindible para desmenuzar la fatalidad de Cuba.

La coherencia del autor llega hasta las últimas consecuencias y avisa de que aún no todo está contado, que ni siquiera el desmerengamiento de la URSS y sus satélites, que posibilitó la apertura de archivos secretos, en paralelo a la desclasificación de documentos estadounidenses, alcanza para aquilatar la tragedia.

Las purgas estalinistas fueron contadas en la hemorragia bibliográfica y fílmica que provocó la glásnost gorbachoviana, pero los asesinatos físicos y de reputación del PSP siguen en la penumbra, fruto de un perfeccionado mecanismo de ocultamiento, simplificación y lecturas para investigadores yumas, entregados a la causa y convenientemente matraqueados por activos del GRU caribeño, que aprovechó las debilidades y el oportunismo de la academia para jamársela sin disparar un tiro.

Pese a la gravedad del tema, el libro se lee en dos tirones, uno para devorarlo y el otro para paladearlo, como una rareza bibliográfica e histórica en medio de tanta vanidad cubiche no solo porque está bien escrito, sino por su carácter ecuménico en el manejo de fuentes, empezando por las comunistas con trucos y omisiones interesadas, inherentes a toda operación secreta y de manipulación política.

Los comunistas no dejaron nada a la imaginación y —cual bushidos consagrados— usaron la fuerza de sus adversarios para penetrarlos hasta lo más hondo, mientras se movían sigilosamente por los pasillos del poder dentro y fuera de Cuba, hasta conseguir el gran harakiri de la nación.

El libro no aburre siquiera cuando entra en la identificación detallada de oficiales, recursos públicos y privados, agentes y cooperadores necesarios engañados por la habilidad de los hombres secretos de Grobart, que fueron subestimados por sucesivos gobiernos republicanos, la CIA y el FBI, que —cuando quisieron abordar el control de daños— debieron conformarse con una contención medida y parcial del adversario creado y crecido delante de sus narices, sin aspavientos, pero sin dejar de avanzar resueltamente hacia su objetivo prioritario: consolidar una cabeza de playa bolchevique a 90 millas de las costas de Florida y penetrar Estados Unidos desde Nueva Orleans hasta Nueva York, pasando por Washington, incluso en la denostada era Reagan.

Otro detalle de salud antichovinista del libro es que burla la tentación ombliguista tan usada por la dictadura más vieja de Occidente y que tanto encandila aún a nativos y cómplices foráneos. Los cubanos no fuimos, somos ni seremos lo máximo; si acaso, soldaditos de plomo de la Guerra Fría, donde no siempre imperaron la prudencia de Dulles y el pragmatismo de Kissinger frente al maoísmo.

El siglo XX fue también un siglo de polacos: Grobart, Brzezinski y el papa Wojtyła, pero si algún despistado creyó que el mérito de los servicios secretos castristas fue patrimonio de Ramiro Valdés y Manuel Piñeiro, tiene dos opciones: seguir creyendo en los Reyes Magos o correr a comprar el penúltimo libro de Cesita, sin caer en la tentación de abrirlo a la primera, porque quedará atrapado hasta el punto final por una road movie que elude la simplificación garciamarquiana de que las cosas ocurrieron como uno u otro las recuerda, en vez de asumir la adecuada dosis de Fitina y cambiar los espejuelos.

Cuba soviética

Las purgas del soviet caribeño

César Reynel Aguilera

Editorial Lendel

437 páginas

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