Y hasta la madre se tragó un cable


El periódico oficialista 5 de Septiembre de Cienfuegos, a propósito del Día de las Madres, se atrevió a publicar una vieja carta enviada por Lina Ruz a su hijo Fidel Castro en 1958. Lo que probablemente pretendía ser un homenaje sentimental terminó convertido, quizá sin proponérselo, en uno de los documentos más irónicos sobre la historia de la propia Revolución Cubana.

La carta está cargada de religiosidad de principio a fin. Lina Ruz menciona constantemente a Dios y al Señor en frases como “Ruego a Dios”, “Todos los días rezo” o “Que Dios te bendiga”, presentando la fe cristiana como parte inseparable de la moral y del destino de sus hijos. Resulta imposible no sonreír con amargura al recordar que pocos años después el mismo Fidel Castro levantaría un Estado oficialmente ateo donde la religión pasó a ser vista como sospecha ideológica, los sacerdotes fueron expulsados, los colegios religiosos cerrados y miles de creyentes quedaron marginados política y profesionalmente por el simple delito de creer en Dios.

Pero la joya de la carta aparece cuando Lina Ruz habla de “la LIBERTAD que tanto amas”. La palabra libertad escrita incluso en mayúsculas resume perfectamente las ilusiones que muchísimos cubanos depositaron entonces en aquella guerrilla barbuda que prometía restaurar la democracia y devolver la dignidad nacional. Lo irónico es que ese supuesto amor por la libertad terminaría desembocando en uno de los sistemas políticos más cerrados y prolongados de Occidente, sin elecciones plurales, sin libertad de prensa, sin oposición legal y con generaciones enteras creciendo bajo vigilancia política permanente.

También conmueve —o quizá desconcierta— leer cómo la madre describe la futura revolución como “LIMPIA Y JUSTICIERA”. La frase parece escrita desde un universo paralelo si se compara con los fusilamientos, las cárceles políticas, la censura, la represión ideológica y el aparato de control social que marcarían durante décadas la historia del castrismo. Aquella revolución limpia terminó necesitando comités de vigilancia, delaciones, actos de repudio y miles de presos para sostenerse.

La carta transmite además una visión profundamente familiar y humana basada en abrazos, felicidad y unión entre cubanos. Otra ironía histórica. Porque probablemente ningún proceso político dividió tanto a la familia cubana como la propia Revolución. Millones de personas terminaron separadas por el exilio, las diferencias ideológicas y una emigración masiva que convirtió el desarraigo en parte inseparable de la identidad nacional contemporánea.

Hay otro detalle extraordinariamente revelador cuando Lina Ruz asegura que Fidel y Raúl indicarían al pueblo “el único sendero decoroso y firme”. La frase, leída hoy, parece casi una premonición involuntaria. Porque efectivamente terminó existiendo un único sendero permitido, una sola ideología, un solo partido y una sola versión oficial de la realidad durante más de seis décadas.

Quizá ahí reside precisamente el verdadero valor histórico de esta carta. Más que un simple documento familiar, funciona como una cápsula del tiempo donde quedaron atrapadas todas las esperanzas, ingenuidades y expectativas morales que una parte enorme de Cuba proyectó sobre la Revolución antes de descubrir en qué terminaría convirtiéndose aquel sueño de libertad, justicia y redención nacional.



Compartir:  

Comentarios