Cualquier gobierno del mundo pagaría por tener un secretario de Estado con raíces familiares, excepto la casta verde oliva y enguayaberada, que intenta demonizar a Marco Rubio con su absurdo y decrépito enfoque binario.
El desespero que desgañita al tardocastrismo ha propiciado escenas surrealistas como el corito de papagayos agrediendo a Rubio y al Cangrejo intentando saltárselo para tener línea directa con Trump. Un disparate infantil solo concebible en un coronel de ascenso meteórico por la gracia de su abuelo, cegado de amor filial.
Los padres de Rubio emigraron de Cuba el mismo año que llegó el Granma a playa Las Coloradas; por tanto, el alto funcionario estadounidense tiene poco que ver con la tragedia del país natal de sus padres, por mucho que se empeñe el tardocastrismo en vincularlo a la ficción militante.
Quien está en crisis sistémica y pidiendo el agua por señas es la dictadura más vieja de Occidente. Rubio es un hombre de su tiempo, muy bien preparado y con un sentido de Estado que, para sí, quisieran muchos de quienes lo critican por señalar en voz alta las atrocidades del tardocastrismo y del socialismo del siglo XXI.
Si en La Habana quedara alguien con mando y sensatez, buscaría un aproche sensato con Marco Rubio, poniendo en valor las coincidencias y aminorando las diferencias, como método de elemental supervivencia; pero para asumir ese rol hace falta, además, coraje político, no guapería barata de tribuna antiimperialista y más costosa que un bobo estudiando en el norte.
Raúl podrá estar al frente de la finquita, pero ni siquiera controla a su propia familia, donde Mariela y Raúl Guillermo han intentado sabotear los esfuerzos de Alejandro y sus federales por alcanzar el menos malo de los acuerdos posibles; por suerte, en su errónea entrevista con NBC, Díaz-Canel no agredió a Rubio, solo se limitó a decir que no lo conoce personalmente. Marco a él tampoco.
Una de las perversiones de la izquierda sectaria consiste en inventarse malos a quienes culpar de sus fracasos, como esa penúltima bobería solemne de la cuadrilla siniestra asegurando que ha sido Israel quien ha arrastrado a Estados Unidos a meterle mano a Irán, cuando Tel Aviv desató el 28 de febrero lo que llevaba años preparando en silencio y con la eficacia que caracteriza al Mossad.
El destino de la nación es más importante que el figurao y, vistos los resultados exitosos del “Aquí no se rinde nadie, cojones”, lo prudente, lo realista, lo saludable y conveniente sería un pacto que abra las puertas a la democratización y enriquecimiento de Cuba; incluida la renuncia pragmática a cuotas de soberanía en un mundo globalizado, donde la isla —junto con la desdichada Haití— es el cabús del tren hemisférico.
Castro I dilapidó abundante cáscara de piña sobre el neocolonialismo yanqui y los males de la República, a la que apuñaló sin vacilación con piolet estalinista; pero la subordinación a la URSS fue peor aún de lo que contaba, porque —cuando le convino y avisando desde 1962— lo dejó como al gallo de Morón.
En las relaciones internacionales no caben la vanidad, los egos ni los buenos y malos, solo intereses que se imponen o acomodan, según la habilidad de los interlocutores sobre el tablero; el resto son papalotes en almíbar que no llegan ni a la Loma del Burro.
Casi seis quinquenios de barricada antiyanqui han parido notables sentimientos anexionistas y de admiración y agradecimiento a Estados Unidos y a la solidaria emigración cubana, cuya historia de nobleza, trabajo duro y solidaridad está por escribirse.
Un gobierno sensato ponderaría razonablemente el éxito de sus hijos y descendientes allende los mares, pero el castrismo es, también, un ejercicio permanente de egoísmo, un chorro de plomo narcisista y acomplejado, que solo aprecia virtud en la guataquería inservible, la vulgaridad militante y la ofensa de quien discrepa de la manada.
Todo esfuerzo baldío conduce a la melancolía, por muy doctos que se crean los oportunistas comparecientes de la Mesa Redonda o la Vieja Cuba, donde los combatientes del verbo mantequilloso compiten en sabrosura disparatada.
Los malos no son Marco Rubio ni Donald Trump, sino los mandantes de La Habana y su corte de Melquíades, empeñados en fraterna emulación socialista para intentar convertir la marginalidad y la simplonería en categoría política esquizofrénica.


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